Manos a la obra


          Encontrar la musa de cada día parece ser un reto que cada vez se hace más difícil de sobrellevar.  Es tan dificultoso levantarse a sabiendas de que hay algo que hacer, sin embargo cuando no hay nada que hacer es tan sencillo continuar el día despierto, y si intentara regresar al sueño no podría porque me causa una ansiedad indescriptible el reconocer que un mundo fuera de mi ventana se está moviendo con velocidad y yo aquí descansando en una cama no parece justo.  Pero cuando me toca a mi ser parte de esa velocidad lo veo trabajoso, pero me gusta.   ¿Paradoja? Sí.  Resulta que cuando logro levantarme y prepararme físicamente para lo que tengo que hacer comienzo a percibirlo todo de otra manera, esta vez lo siento todo tan corriente y normal.  Hago diligencias de aquí para allá sin obstáculos inmensos y se vuelve como un patrón, un baile.  Entro en un lugar, salgo... entro en otro.  Se me va hasta el apetito y me entero de que tengo hambre cuando mi estómago se hace notar con ruidos bochornosos.  Y cuando me regresa el apetito me da sueño por falta de energía y quisiera hacer tantas cosas pero a razón de eso tengo que pausar para alimentar las células.  Si no como seguido de los ruidos y el sueño viene una tercera desdicha; el dolor de cabeza.  El horror de tratar de ver mas allá de dos pies sin que los destellos de luz me fastidien el sistema es aun peor que tratar de levantarme.  Pero esta vez todo se resuelve con comida.  Más adelante continúo haciendo diligencias y se vuelve, entonces, menos probable de que algo especial suceda.  Entonces termino de hacer todo lo que tuve que hacer, regreso al nido.   Y se acabó mi día, casi siempre sin archivar algún momento que vaya a recordar el resto de mi existencia.  Y esto último tiene que cambiar.  Lo voy a hacer cambiar, todos deberían hacerlo.  Así que manos a la obra.

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